
Después de conocer la ruta del tempranillo, y sin cuerpo para seguir con actividades de aventuras, he puesto la vista en el área que se sitúa al sur del Torcal de Antequera, una extensa zona que llega desde las mismas faldas del Torcal hasta Álora y Almogía, a pocos kilómetros ya de la zona metropolitana de la ciudad de Málaga. Aunque está realmente cerca de una de las ciudades más bulliciosas y pobladas de la península, el sur del Torcal ha permanecido al margen de muchos de los cambios que han marcado, a veces sin mucho acierto, el desarrollo económico y turístico de la provincia.
De hecho, este es el mayor encanto de la zona. En un paseo por La Joya o La Higuera, dos de las pedanías de Antequera que encontramos antes de llegar a Villanueva de la Concepción, podemos recuperar el sabor de las costumbres y tradiciones que siguen en pie sin haberse perdido en la nube del progreso. También podemos comprobar que, lejos de seguir siendo la causa principal de la despoblación de la zona, hoy se puede aprovechar este atraso para crear riqueza y conseguir que cada vez más gente pueble los paisajes que podéis ver en las fotos que ilustran esta entrada.

De hecho, que llegue gente (algunos de muy lejos) para vivir en esta zona no es un proceso nuevo. Ursula y Hans Pieter (”Juan-Pedro”, según él mismo se presenta) llevan ya muchos años viviendo aquí. Fue a finales de la década de 1980 cuando llegaron por primera vez a la zona desde el sur de Alemania, donde vivían esta investigadora farmacéutica y este economista. En 1994 se establecieron por fin en esta antigua panadería y la restauraron para acoger a los viajeros en la mitad que han dedicado a alojamiento rural, uno de los primeros de la actual Asociación de Turismo Rural Sur del Torcal, que ya agrupa a 31 casas.
Si algo tenían claro Ursula y Juan-Pedro cuando llegaron a La Higuera es que no querían establecer un gueto de extranjeros como otros que han florecido en otras partes de Andalucía. “Somos extranjeros y siempre vamos a serlo. Se ve en la ropa, en la manera de trabajar, en el acento… pero queremos vivir entre andaluces y ser como ellos”, me dice Ursula con determinación. Después de tanto tiempo en el pueblo, Ursula y Juan-Pedro son un puente entre dos culturas, unos guías de excepción para los viajeros que llegan a la comarca desde Francia, Bélgica, Irlanda o Alemania y quieren conocer cómo se vive aquí. A algunos les gusta tanto que acaban por seguir el ejemplo y estableciendo sus propias casas. “Ojalá los andaluces consigan también ir animándose y ser los propietarios de todos estos establecimientos y no sólo empleados de los extranjeros”, me comenta Ursula, con la seguridad que da saber que se puede vivir del turismo rural en una zona que conserva, casi intacto, un gran potencial. “La verdad es que el negocio nota la crisis pero no nos está yendo tan mal”, remata Ursula.

Hay algunos habitantes de la zona que sí se han dado cuenta del potencial de su tierra. Entre ellos, Ramiro es uno de los mejores ejemplos. Luchador incansable por el desarrollo de los pueblos de su comarca, es el propietario de la Casa de la Monja, donde me quedé a dormir en la noche que pasé al sur del Torcal. Después de un descanso reparador disfrutando del silencio de la noche antequerana, llegó a las nueve a la casa y me sirvió uno de los mejores desayunos que recuerdo en mis viajes por Andalucía: higos recién cogidos del árbol con almendras recogidas de los árboles situados frente a la casa. “El concepto de economía sostenible suena muy moderno, pero aquí llevamos muchos años luchando por ella”. Y uno de los protagonistas de esta lucha continua por lo que es justo anda a cuatro patas y no habla, sino que rebuzna.

Se llama Margarita, es habitual en las manifestaciones que buscan acabar con la patente deuda histórica que marca el presente de la comarca y ha sido madre hace poco de un rucho al que han bautizado como Solidario. En la foto podéis ver la visita que los niños del colegio de La Higuera hicieron a la joven madre el mismo día que yo pasé en el pueblo. Aunque los contenidos académicos son la base de cualquier proceso educativo, hay mucha gente que no entiende que los propios niños del centro de Antequera puedan llegar a pasar muchos años sin ver o tocar a un burro, a una oveja o a una de las 400.000 cabras que viven en la provincia.

El sur del Torcal es una zona con mucho futuro, sobre todo para los que han sido capaces de darse cuenta. A la zona han llegado muchos holandeses, alemanes, ingleses o franceses que poco a poco han conseguido hacer ver a los nativos que hay muchas razonas por las que tener amor a su tierra. Han vuelto, incluso, muchos que habían emigrado al extranjero hace años buscando la riqueza que aquí no había. “Quien más lo valora es la gente que ha viajado y acaba volviendo a la tierra”, asegura Ramiro.
Para algunos viajeros que pasan por aquí casi por accidente, como yo, es imposible no valorarlo. Echad un ojo a mis fotos en flickr, visitad la web de la Asociación de Turismo y pasaos por aquí un día. Estoy seguro: vosotros mismos también acabaréis por compartir el amor de Ursula, Juan-Pedro, Ramiro, Margarita y Solidario por su tierra.

Quizá por haber nacido en el norte de España o quizá por haber trabajado en proyectos relacionados con la difusión de una nueva cultura del agua, la verdad es que me gusta la lluvia. Disfruto especialmente con el olor de las calles mojadas tras una de esas tormentas de finales de agosto y de septiembre, de esas que anuncian la llegada de una nueva estación y un descanso merecido para los termómetros agotados tras un verano intenso.

Sentir las gotas de agua cayendo frías sobre los brazos aún desnudos y empapando poco a poco mi camiseta es como una sesión de acupuntura relajante. Quedarme en un balcón, con la ventana abierta, escuchando cómo las gotas rebotan contra el suelo de la calle es como ser testigo de una buena noticia. Saber que los campos, marrones y amarillos por la falta de agua, en pocos días comenzarán a reverdecer con fuerza es como estar seguro de que, pase lo que pase, el mundo sigue girando.
Por todo ello, he disfrutado recorriendo las calles mojadas de Almadén de la Plata después de una noche lluviosa. En mi vuelta a Sevilla, he comprobado la falta que le hace a lugares como el pantano de El Pintado, sobre cuya presa pasa la carretera que va de Almadén y El Real de la Jara a Cazalla de la Sierra.

Hoy, los dos, el embalse y yo, nos hemos levantado con el mismo buen humor. Si sigue haciendo buen tiempo… es decir, si sigue lloviendo, los dos dejaremos de gritar de sed.

Después de la intensa mañana recorriendo Almadén, me despedí de Sole, Leti y Vicente para irme a comer (un magnífico solomillo ibérico, por cierto). Por la tarde, me esperaban otra vez Sole y Leti, pero esta vez acompañadas de Julián, alcalde de Almadén, y Miguel y Fernando, dos trabajadores de la consejería de Medio Ambiente que conocen el parque natural de la Sierra Norte como si fuera su casa. “Llevamos veinticinco años juntos trabajando aquí”, me comentaron. Todos juntos nos fuimos a conocer El Berrocal, una finca de 8.000 hectáreas donde viven y crían unos dos mil ciervos. Estamos, además, en los últimos días de celo, momento perfecto para disfrutar de la berrea, un momento mágico en el que los machos llaman a las hembras para cortejarlas.
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Ayer os comentaba que para el urbanita corriente en que me he convertido tras tantos años en la ciudad el riesgo no suena apetecible. Pues la primera en la frente me la pegó esta mañana una de las biblias del viajero 2.0: Google Maps me sugirió una ruta entre Cazalla y Almadén de la Plata que, simplemente, no existe. En su día, la carretera que muestra GM fue planeada y ejecutada casi en su totalidad… excepto el puente que cruzaría el río Viar, por lo que fue cayendo en desuso por los humanos (aunque los ciervos sí la frecuentan, como comprobé esta mañana). Explorarla por curiosidad puede llegar a ser una experiencia… pero encontrarse la calzada cortada y sepultada por las piedras no es demasiado agradable cuando te están esperando en la otra punta.
En fin, después de desandar lo andado, de llamar a Sole (que me esperaba pacientemente en Almadén de la Plata y me explicó por teléfono cómo llegar, con su habla de frontera entre Andalucía y Extremadura) y de dos horas de viaje, llegué a mi destino a media mañana. Entré en Almadén preparado para empezar a descubrir lugares que, aunque quizá no sean muy conocidos fuera de la Sierra Morena, son toda una fuente enorme de materia prima que, por su gran calidad o personalidad, serán la base de muchos proyectos de desarrollo del territorio en el futuro. Lee el resto de esta entrada »

La palabra ‘risco’ siempre me ha sonado un poco intranquilizadora porque, aunque en castellano significa ‘peñasco alto y escarpado, difícil y peligroso para andar por él’ (algo ya de por sí no demasiado tentador para un urbanita), en gallego significa ‘riesgo’.
Hoy ha empezado a sonarme mucho menos desagradable, ya que he pasado la mañana en la finca Riscos Altos (aquí tenéis un enlace a su web), en Cazalla de la Sierra, una finca de 65 hectáreas que la familia de Ricardo compró hace más de veinte años y que ha ido reformando poco a poco para acoger a los viajeros que deciden conocer los sabores de la Sierra Morena. Cuando compraron la hacienda, Riscos Altos era esencialmente un terreno con unos cuantos olivos, una casa de labranza y un lagar de vino que necesitaba bastantes reformas. El resultado de dos décadas de trabajo salta a la vista: tanto en las fotos que acompañan a esta entrada como en el álbum que he colgado en nuestro flickr se aprecia el esfuerzo y el cariño que la familia ha puesto en su proyecto.

Panorámica de Riscos Altos / Foto: Riscos Altos
Riscos Altos es una casa de turismo rural que puede acoger a 22 personas en las seis habitaciones de que dispone. Además, son habitantes destacados treinta cerdos ibéricos, veinticinco cabras, más de cien ovejas y una colección interminable de árboles, entre los que destacan los alcornoques, la mayoría desnudos tras haber sido pelados el año pasado. “El campo no da dinero”, me comenta Ricardo. El principal capital de Riscos Altos son los clientes, de los que “un 90% son habituales… he visto crecer a sus hijos, formarse muchas parejas y romperse alguna que otra; incluso a veces a esquiar con algunos de los clientes que ya son como de la familia”. Algo tendrá el lugar para que la gente repita “hasta cinco y seis veces”, según Ricardo. Lee el resto de esta entrada »