Villanueva de Tapia es un pequeño pueblo de la Comarca Nororiental de Málaga que limita con las provincias de Córdoba y Granada. Este carácter fronterizo ha hecho que hasta su adscripción definitiva a la provincia malagueña haya recibido el sobrenombre de El Entredicho. “No, así no. Sin la ‘d’. El Entreícho”, me corrige Gerardo Páez. Y siendo un maestro en el arte del lenguaje como es el protagonista de este artículo, le hago caso y corrijo mi pronunciación. El Entreícho.
Gerardo Páez, de profesión carpintero por tradición familiar de varias generaciones, es el habitante más conocido de la pequeña Villanueva. Nació en el pueblo hace casi ochenta años y se dedicó toda su vida a trabajar la madera hasta que, una noche en la que rondaba ya los cuarenta años, se topó con una pareja de troveros de poesía improvisada en el programa de José María Íñigo en la televisión y se dio cuenta de él tenía mucho que decir –o cantar– en este tema. Poco después, en una noche de taberna en la que los poetas eran impares, improvisó una copla y salió a cantar.
Esta es una noche buena
para presenciar el cante.
Canto sin gloria ni pena.
Si con cinco no hay bastante
yo hago la media docena.
Aquella noche empezó a cantar en público. Y poco después, en 1978, se consagró. Como los toreros, tomó la alternativa en 1978 enfrentándose a un trovero de Los Palacios (Sevilla) que por entonces se consideraba el mejor del mundo. “Me daban media hora y aguante más de dos. Él me cantaba dos coplas y yo le contestaba con otras dos. Me echaba tres y yo le respondía con cuatro. Al final me mantearon y todo”, recuerda con orgullo. La carrera desde entonces fue imparable. “Me uní al grupo de los mejores poetas y cantábamos hasta siete domingos seguidos”. Su cuadrilla, los Poetas del Genil, son clásicos en las fiestas de la comarca.
En sus cuarenta años de carrera ha participado en muchos festivales de varios lugares de España y de América. Ha recopilado más de 80.000 coplas propias y de otros poetas (y se acuerda de un gran número de ellas de memoria). Ha participado en programas de televisión presentados por Carlos Herrera, Constantino Romero –aquel mítico escenario de La parodia nacional vio cómo Gerardo se metía con la calva del presentador–, Paula Vázquez o Ana Rosa Quintana. “Todo esto me ha dado media vida”, confiesa entre satisfecho y nostálgico, mientras se nota que por su mente pasan muchas de las noches de taberna y vino malagueño.

Y sí, Gerardo es profeta en su tierra. Hace unos años el ayuntamiento de Villanueva de Tapia bautizó con su nombre un parque en una ceremonia a la que invitaron a un sinfín de poetas que, uno a uno, fueron dedicándole sus coplas. La alcaldesa Encarna Páez, familiar lejana de Gerardo y firme defensora del cante de poetas, recuerda el acto y se lamenta de que “es un arte muy envejecido. Los jóvenes del pueblo se dedican a muchas otras cosas, como un centro de juventud, pero a ninguno le ha dado por seguir el camino del Carpintero”. En estos días artes como el de estos poetas o sus equivalentes en Galicia, los regueifeiros, o los bertzolaris vascos van cayendo en desuso, aunque no está todo perdido. ¿Acaso no es el hip hop una forma de improvisación poética?
Quizá Ana, su nieta de ocho años, confirme el interés por la poesía tradicional que empieza a mostrar y siga los pasos del maestro algún día. “Ahora no está muy segura, ya veremos qué pasa con el tiempo”, dice él. Mientras tanto, Gerardo tiene cuerda para rato. Incluso para dedicarme una pequeña copla como despedida que me emociona cada vez que la leo, garabateada a toda prisa en mi libreta para no olvidarla antes de dejar la comarca.
Con lo que hemos hablado antes
si te vas para tu destino,
esto para mí ha sido importante.
Mucha suerte en el camino
y cuidado con el volante.
Mucha suerte para usted, y muchas gracias por su acogida. Si algún día nos volvemos a ver, será porque este no se olvida. Que la vida le trate bien.